Camino al Mar
En la vida hay diversas formas de ver la realidad: una de ellas es pensar que todo es un milagro y otra, que nada lo es.
Les he contado sobre las complicaciones de salud y cómo intento todo: desde yoga, meditación, audios de sanación, tomarme los medicamentos que me recetó el doctor (obviamente). Incluso les hablé sobre el día que me ungí con aceite de oliva el cuerpo para bendecirme y pedirle a Dios por sanidad. Un detalle que no comenté fue que me coloqué aceite en la cabeza también, pero como estaba muy congestionada, no pude retirarlo cuando me fui a bañar.
Pasaron los días, seguí con mi tratamiento y un día me di cuenta de que había mejorado un poco, o por lo menos lo suficiente para intentar volver a practicar surf con remo, una actividad que amo realizar. Así que le escribí a las personas de Supclubrd para preguntar si había sargazo, pues iba a gastar todo el dinero que me quedaba en alquilar la tabla y pagar el transporte para llegar; no podía correr el riesgo de ir y que, por la alergia, no pudiera ni acercarme al mar.
Pero aquel día la suerte estuvo de mi lado, pues el sargazo ya se había largado. Al otro día desperté temprano, con la alegría de que volvería al mar. Como tenía poco dinero, le pedí a mi hermano que me dejara en la parada del bus (guagua), de camino a su trabajo. Pero él estaba tarde y, por salir corriendo, olvidé tomar mis medicamentos y ya estaba en el bus, cuando lo fui a recordar.
Iba parada, pues todos los asientos estaban ocupados ya. Sin embargo, por un lado estaba muy feliz de volver al mar, pero por el otro iba muy preocupada por mi salud, porque me daba mucho miedo empeorar. Pensé que si me iba con el celular podía llamar y pedir rescate, ya que no sabía qué tanto iba a poder remar. Incluso mi hermano me dijo que si lo iba a intentar, que por lo menos me pusiera un salvavidas, pues uno nunca sabe qué puede pasar.
Y así me pasé todo el camino, entre pensamientos positivos y llenos de emoción, más la preocupación de volver a enfermar, Pero esto cambió cuando me pude sentar y el bus al aeropuerto decidió entrar. Como normalmente iba en Uber, era un viaje directo de mi casa a la playa; esto para mí era una novedad.
Me emocioné al ver los aviones y las personas con sus maletas, pues deseo volver a viajar. Empecé a fantasear con todas las historias que podría escribir al otras culturas poder explorar. Incluso me llevaron hasta la zona de aduanas, pues muchas de las personas del bus trabajaban en aquel lugar, y me pregunté si ellas, al igual que yo, soñaban con muchos países poder conocer, o qué solían imaginar cuando veían a los aviones despegar. También pensé qué pasaba por la mente del joven a mi lado, que inmerso en su música parecía estar. Me pregunté varias veces qué podría escuchar.
Al salir del aeropuerto empecé a ver las banderas de algunos países que deseo visitar: Argentina, Guatemala, Cuba, Ecuador, El Salvador, Chile y creo que vi la de Perú. Iba tan inmersa en mis fantasías que estaba sumamente agradecida de haber tomado aquel bus, pues me había dado la oportunidad de recordar aquellas cosas con las que sueño y me gustaría ver hechas realidad.
Pero el camino continuó y otras realidades me mostró: vi personas barriendo el polvo para limpiar los negocios y no pude evitar asustarme, pues ya tenía más de 24 horas sin antialérgicos. También vi un señor con una caseta de frutas grande y muy linda, pero se veía algo cansado. Me sentí triste por él, pensé que tal vez le gustaría descansar más y en mi mente le deseé buenas ventas para que su día le fuera a alegrar.
Por primera vez, por lo menos que yo recuerde, vi el barrio de Andrés, las personas caminando hacia su rutina diaria y todo el movimiento de aquel lugar. Tal vez no sea Italia, pero vi a una señora con el estilo más icónico en una pasola (motocicleta tipo scooter), que era digna de estar en cualquier revista. Recuerdo que tenía un vestido naranja y esta actitud empoderada que cautivaba tu mirar. El camino continuó y un señor empezó a predicar la palabra de Dios, pero es irónico cómo la joven embarazada que se sentó junto a mí en silencio me transmitía más paz.
Justo antes de llegar a mi parada, otro bus apareció con un letrero que me cautivó, el cual decía: “No hay mal que por bien no venga”, y solo pude pensar: “Ay, los mensajes de Dios”. El cobrador, que venía amablemente respondiendo mis preguntas de por dónde íbamos pasando, se rió cuando me paré de mi asiento a acosar aquel bus, pues una foto le quería tomar. Hasta el chofer me ayudó a poderla capturar, pues aunque pareciera algo simple, esa fue mi señal de que bien iba a estar. Fue un momento muy divertido y agradable que tuve el honor de compartir con aquellas personas, pues todos empezamos a reír por ver cómo tomarle la foto a ese bus era importante para mí.
Luego, el cobrador amablemente me indicó que tocaba bajar y me dejó justo detrás del lugar donde alquilo las tablas. Les tomé fotos a las flores de la entrada y empecé a saludar a todo el que veía al pasar, pues mi felicidad por poder volver a uno de mis lugares favoritos no la podía contener.
Y esta solo aumentó más, al ver lo hermosa que estaba la playa. La última vez que la había visto estaba sucia por el sargazo (nunca la había visto así en 24 años) y ahora estaba mucho más linda. Me hizo apreciarla aún más, pues incluso la playa tiene días malos en los que hermosa y espléndida no puede estar.
También me hizo empatizar con todas las personas que trabajan en los negocios del lugar, pues ellos también sufren cuando estos eventos han de pasar. Muchos pierden clientes, otros no pueden operar con normalidad y, en los días de tormenta, muchos negocios se derrumban. He visto los pedazos de lugares que en perfecto estado solían estar y muchos deben reconstruir cada vez que una tormenta fuerte o ciclón ha de cruzar.
Pero nosotros, como turistas, solo elegimos el lugar más bonito y cómodo cuando vamos a vacacionar. Pocas veces vemos el esfuerzo de todas las personas que, con mucho sacrificio, mantienen sus negocios de pie y los reconstruyen una y otra vez. Nadie habla de aquellos que tuvieron que desaparecer o terminar por vender, pues llegó el día en que los recursos se acabaron y ese capítulo tuvieron que cerrar.
Nadie habla de esos vendedores que sobreviven con el día a día y estos eventos hacen que lleguen a su casa sin el pan, donde tienen que caminar toda la playa, con el hedor del sargazo, sin encontrar clientes que les quieran comprar. Pero, con amor y alegría, con una sonrisa en la cara te paran para que al negocio decidas entrar o para que lo que salieron a vender les puedas comprar.
Nadie se acuerda de ellos cuando en los días de tormenta en sus casas se tienen que quedar, pues las playas cierran y ese día a su casa no llegará el pan. Nadie habla de las personas que pierden su empleo cuando las tormentas derriban negocios y ya no pueden abrir más.
En esta experiencia colectiva de la vida, el mismo suceso a todos, de una forma diferente, nos puede afectar. El día donde la playa estaba llena de sargazo no solo me afectó a mí, que hasta a Dios le reclamé, también afectó a todos los que en esa playa querían habitar, desde el turista que utilizó sus ahorros para venir a vacacionar hasta el que le toca limpiar.
Por eso sentí mucha alegría cuando, al regresar, la vi tan hermosa como siempre ha de estar, pues para todo aquel que la va a visitar, los días lindos, con sol y alegría, significan prosperidad. Por eso, al sentir la arena en mis pies y ver aquel paisaje que mi alma ha de alimentar, sentí una paz que no puedo explicar.
Esta historia es de 3 partes, pues fue un día tan extraordinario y de tantos aprendizajes, que tengo demasiado que contar. Mañana leerán cómo me inspiré para escribir “Avanzar en el mar” y cómo surgió mi nuevo mantra: “remar, rezar y avanzar”. Por el momento les compartiré mis canciones del día y la reflexión final del capítulo de hoy con la canción Turista de Bad Bunny, porque todos somos turistas en algún lugar o con algunas personas, al igual que muchos lo han sido con nosotros, en nuestras casas o negocios, al igual que yo lo fui en aquel bus. Por eso, hay que ser agradecidos con lo que tenemos y tratar al otro con respeto y empatía, porque, al igual que muchos tal vez me vieron sentada sonriendo, pensaron: “Me gustaría tener una vida como la de esa chica, despreocupada para la playa un viernes a las 8 a. m.”, cuando aquel viernes, en sus trabajos, les iban a pagar, yo estuve sentada en el asiento pensando: “En cómo extraño cobrar a fin de mes”, “En que me habían golpeado la noche anterior y como me llamaron por telefono, mientras estaba en el bus, ignorando el tema y ofreciendo dinero”, pensé en "cómo rechacé el dinero, aun cuando no tenía nada más, y calculé cada peso para rendirlo y que alcanzara para regresar”.
También, en mi asiento, pensé cosas como: “Me gustaría vivir en un lugar donde no me maltraten”, “Sueño con una familia funcional”, “Me hubiese gustado que alguien hubiese reaccionado cuando grité ‘¡no me golpees!’ ”, “Qué feo se siente cuando las personas que amas ignoran descaradamente el maltrato”, entre otras cosas que también sufrí y sentí, sentada en ese asiento. Por eso, todos eramos turistas en aquel bus.
Pero como dijo Juan Luis Guerra: “Tira la palanca y endereza, que La Guagua va en reversa”, porque hay que encontrar la forma de seguir nuestro camino. Y si al camino se llega en reversa, pues entonces, tráeme la maraca y dame fiesta, porque la guagua va en reversa. Me despido con ese merengue, te espero mañana para que leas cómo continúa esta historia. XOXO
PD: Te amo, te agradezco seguir con vida y te perdono.

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